Que en Chile aumente la demanda de polisomnografías puede leerse como que más personas están tomando en serio su descanso y que algunos trastornos, como la apnea, podrían detectarse a tiempo; sin embargo, hay que tener cuidado con la idea de que las causas de dormir mal se comprenden principalmente con un examen.
Pasa que el insomnio suele llegar acompañado de preocupaciones, ansiedad, conflictos, incertidumbre económica o sobrecarga en general. Y si miramos únicamente la noche, corremos el riesgo de ignorar todo lo que ocurrió durante el día.
Aun sabiendo que la polisomnografía es un recurso crucial cuando existe una sospecha de apnea, movimientos anormales u otros trastornos que necesitan observarse mientras la persona duerme, es importante señalar que las guías no la recomiendan como evaluación rutinaria del insomnio (National Heart, Lung, and Blood Institute, 2022). Porque el examen puede describir cómo dormimos, pero no necesariamente el por qué estamos descansando menos: a una persona desbordada no se le devuelve el sueño solo midiendo sus despertares, sino que también hay que comprender qué la mantiene en alerta (por solo poner un ejemplo).
Por eso creo que los programas centrados solo en el síntoma quedan cortos. Insomnio, estrés y ansiedad se alimentan: la preocupación impide dormir, el cansancio dificulta afrontar problemas y el miedo a otra mala noche aumenta la activación. El tratamiento debiera abordar ese circuito con psicoterapia, manejo del estrés, regulación de la ansiedad, higiene del sueño y atención a las causas psicosociales. Así lo confirmó un ensayo del 2024, que incorporó el insomnio a un programa transdiagnóstico para la ansiedad y la depresión, y mejoró los tres ámbitos sin alargarlo; otro ensayo de 2025 obtuvo resultados prometedores con un enfoque integrador, aunque en una muestra más pequeña. Entonces, si bien la evidencia todavía no permite proclamar una superioridad definitiva, sí respalda que abordar problemas conectados dentro de un mismo programa puede ser más eficiente, coherente y útil.
Esta mirada obliga a incomodar al mundo laboral, porque recomendar higiene del sueño a quien enfrenta turnos impredecibles, sobrecarga o disponibilidad permanente parece suficiente en el papel. Pero dormir mal afecta la atención, decisiones, ánimo y seguridad, y si caemos en culpar al trabajador, acabamos transformando un problema organizacional en una supuesta falla personal. Las empresas que quieran mejorar el descanso deben revisar cargas, turnos, desconexión y acceso a apoyo psicológico, mientras que la intervención en el bienestar de sus colaboradores debe ir más allá que solamente hablar de sueño, ya que hay diversos factores psicosociales que influyen en él.
El próximo cambio de hora refuerza la conclusión: el sueño no depende solo de disciplina individual, sino que también responde a horarios sociales. Chile debiera buscar estabilidad horaria y, mientras persistan las transiciones, flexibilizar entradas y tareas críticas. Pero el debate podemos orientarlo a que necesitamos enamorarnos menos de soluciones aisladas y diseñar mejores rutas de atención: polisomnografía cuando corresponda; psicoterapia, hábitos saludables y apoyo psicosocial cuando el insomnio exprese una vida en alerta. Dormir mejor no consiste únicamente en cerrar los ojos, sino en construir condiciones que permitan a nuestro cuerpo bajar la energía para permitirse el descanso.

