Apuestas deportivas, Mundial 2026
y riesgo de juego problemático
y riesgo de juego problemático
La Copa Mundial de Fútbol 2026 no solo será un evento deportivo, sino, probablemente, uno de los grandes escenarios de expansión de las apuestas deportivas online en Chile. Una encuesta realizada por Pausa Responsable, aplicada vía remota a personas mayores de edad, permite observar con claridad una tendencia que ya se viene instalando en el país: apostar dejó de ser una conducta marginal, excepcional o asociada exclusivamente al casino tradicional. Hoy aparece integrada al consumo deportivo cotidiano, especialmente en torno al fútbol, donde la emoción, la identidad colectiva, la expectativa de ganancia y la inmediatez digital forman una mezcla psicológicamente potente.
El primer dato relevante es contundente: de las 82 personas encuestadas, un 68,29% declara que sí apostará durante el Mundial de Fútbol 2026, mientras que un 21,95% señala que tal vez lo hará. Solo un 9,76% afirma que no apostará. Dicho de forma simple: casi nueve de cada diez participantes no descartan apostar. Este hallazgo es central porque, en términos psicológicos, la apuesta aparece como una posibilidad normal, disponible y socialmente aceptada. Y se vuelve aún más relevante si se contrasta con los datos nacionales: el sondeo “Juventudes y Juegos”, desarrollado por la Superintendencia de Casinos de Juego y el Instituto Nacional de la Juventud, encuestó a 1.515 jóvenes entre 15 y 29 años y mostró que ocho de cada diez jóvenes han jugado online o han estado en plataformas donde otras personas juegan. Además, entre quienes han tenido contacto con estos espacios, la mayoría corresponde a hombres y a segmentos jóvenes, particularmente entre 15 y 19 años (Superintendencia de Casinos de Juego & Instituto Nacional de la Juventud, 2024). Aunque la muestra la encuesta de Pausa Responsable es adulta y no juvenil, ambos datos dialogan entre sí: el juego y las apuestas online se están transformando en una práctica altamente visible, disponible y culturalmente normalizada.
La composición etaria de la encuesta también entrega una clave importante. El grupo más representado es el de 26 a 35 años, con un 50% de la muestra, seguido por el grupo de 36 a 45 años, con un 25,61%. En conjunto, ambos segmentos concentran el 75,61% de las respuestas. Esto permite leer el fenómeno como una práctica fuertemente instalada en adultos jóvenes y adultos de mediana edad. Este punto es relevante porque actualmente muchas campañas preventivas se enfocan casi exclusivamente en adolescentes, cuando los datos sugieren que el riesgo también se expresa con fuerza en personas económicamente activas, con ingresos propios y mayor capacidad de endeudamiento.
Al observar la intención de apostar según edad, el hallazgo más llamativo aparece en el grupo de 36 a 45 años: el 95,24% declara que sí apostará, es decir, prácticamente la totalidad de ese segmento se muestra dispuesto a participar. En el grupo de 26 a 35 años, la cifra también es alta: 75,61% declara que sí apostará y 17,07% que tal vez lo hará. En el grupo de 18 a 25 años, ningún participante marca directamente “sí”, pero el 60% responde “tal vez” y el 40% “no”. Este patrón sugiere que, en esta muestra, la conducta de apuesta aparece más consolidada en adultos jóvenes y adultos de mediana edad que en los más jóvenes. Este dato es psicológicamente interesante porque el fútbol suele activar una ilusión de competencia. A diferencia de otros juegos de azar, donde el componente aleatorio es más evidente, las apuestas deportivas producen una sensación subjetiva de conocimiento: “yo sé de fútbol”, “conozco los equipos”, “he seguido a los jugadores”, “entiendo las estadísticas”. Esa percepción puede alimentar la ilusión de control, uno de los sesgos cognitivos más estudiados en el juego problemático. La persona no siente que está apostando al azar, sino que está “tomando una decisión informada”. Pero en la práctica, sigue exponiéndose a un resultado incierto, condicionado por múltiples variables que escapan completamente a su control.
El segundo gran hallazgo de la encuesta se relaciona con los montos proyectados. Entre quienes respondieron esta sección, el 33,78% estima que destinará entre $251.000 y $500.000 a apuestas durante el Mundial. A esto se suma un 14,86% que proyecta apostar entre $501.000 y $1.000.000, y un 12,16% que declara que podría apostar más de $1.001.000. En otras palabras, un 27,02% de quienes respondieron esta pregunta proyecta destinar más de medio millón de pesos a apuestas durante el evento. No estamos hablando de una “luquita simbólica para hacer más entretenido el partido”, sino de montos que, para una proporción importante de la muestra, pueden competir con gastos relevantes del presupuesto mensual. Este punto debe analizarse con cuidado, pues apostar montos altos no equivale automáticamente a tener ludopatía. El trastorno por juego se define por un patrón persistente y recurrente de conducta problemática que genera deterioro o malestar clínicamente significativo, no solo por el monto apostado (American Psychiatric Association, 2022). Sin embargo, desde una perspectiva preventiva, el volumen económico sí importa: a mayor monto involucrado, mayor potencial de daño financiero, mayor activación emocional frente a la pérdida y mayor probabilidad de conductas de recuperación, como volver a apostar para recuperar lo perdido.
Aquí aparece una tercera dimensión crítica: la percepción de afectación. Frente a la pregunta sobre qué tan afectados económicamente se sentirían si al finalizar el Mundial perdieran todo el dinero destinado a apostar, el 40,54% responde que se sentiría poco afectado y el 39,19% nada afectado. Es decir, casi el 80% de los participantes percibe bajo o nulo impacto económico ante la pérdida total del dinero apostado. Solo un 14,86% reporta afectación moderada, un 2,70% bastante afectación y otro 2,70% mucha afectación. Este dato es, probablemente, uno de los más preocupantes desde la psicología del juego. No porque necesariamente indique patología, sino porque evidencia una baja percepción de riesgo. En prevención de adicciones comportamentales, la percepción de invulnerabilidad es un factor clave. Cuando la persona cree que la conducta no le hará daño, disminuyen los frenos internos, baja la autorregulación y aumenta la probabilidad de repetir o escalar la conducta. En simple: el problema no empieza necesariamente cuando alguien pierde mucho dinero, sino cuando cree que perderlo no sería un problema.
La relación entre edad y afectación económica también es relevante. En el grupo de 26 a 35 años, un 42,11% declara que no se sentiría nada afectado y otro 42,11% poco afectado. En el grupo de 36 a 45 años, el 52,38% se declara nada afectado y el 33,33% poco afectado. Esto significa que, precisamente en los dos grupos donde la intención de apostar es más alta, también predomina una percepción de bajo impacto económico. Esa combinación —alta intención de apostar más baja percepción de daño— constituye un perfil de riesgo preventivo, aunque no necesariamente clínico. En el grupo de 18 a 25 años, en cambio, aparece una mayor dispersión emocional: 40% se sentiría muy afectado, 20% moderadamente afectado y 40% nada afectado. Aunque el tamaño de este subgrupo es pequeño, el dato sugiere una posible mayor vulnerabilidad económica en parte de los participantes más jóvenes. Esto coincide con la literatura internacional y regional que advierte que las apuestas online pueden impactar con especial fuerza en personas con menor estabilidad financiera, menor experiencia en administración del dinero y mayor exposición a estímulos digitales.
La cuarta relación importante surge al cruzar el monto que las personas planean apostar con el monto máximo que estarían dispuestas a perder sin afectar su presupuesto habitual. Aquí aparece una lógica clara: a mayor monto proyectado de apuesta, mayor tolerancia a pérdidas elevadas. Entre quienes planean apostar entre $251.000 y $500.000, el 56% señala que podría perder entre $50.001 y $100.000 sin afectar su presupuesto, mientras que un 8% toleraría perder más de $250.000. Entre quienes proyectan apostar entre $501.000 y $1.000.000, el 63,64% declara que podría perder entre $100.001 y $250.000, y el 27,27% más de $250.000. Finalmente, entre quienes planean apostar más de $1.001.000, el 66,67% afirma que podría perder más de $250.000 sin afectar su presupuesto. Este patrón es fundamental porque muestra que la tolerancia a la pérdida aumenta junto con el nivel de involucramiento económico. Desde una mirada clínica, esto puede interpretarse como una forma de habituación financiera: la persona va ampliando el umbral de lo que considera una pérdida aceptable; lo que inicialmente habría parecido excesivo empieza a ser reinterpretado como parte normal del juego. Este proceso es peligroso porque el juego problemático rara vez aparece de golpe, sino que suele avanzar por escalamiento: primero pequeñas apuestas, luego montos mayores, después pérdidas normalizadas y finalmente intentos de recuperación.
En Chile, el contexto hace que estos resultados sean especialmente sensibles. Reportes recientes sobre el mercado de apuestas online estiman que cerca de 5,4 millones de personas en Chile interactuaron con plataformas de apuestas durante 2024, equivalente aproximadamente al 29% de la población, y que habrían operado miles de plataformas de juego online en el país durante ese año (Yield Sec, 2025, citado en Interferencia, 2025). Además, se ha reportado que el mercado chileno de apuestas online habría alcanzado ingresos brutos cercanos a los US$3.100 millones en 2024. Aunque estas cifras deben leerse con cautela, porque provienen de estimaciones de mercado y no de una encuesta clínica nacional, ayudan a dimensionar el tamaño del fenómeno.
La Superintendencia de Casinos de Juego ha impulsado una Estrategia Nacional de Juego Responsable y mantiene mecanismos como la autoexclusión voluntaria para casinos autorizados, lo que muestra que el Estado reconoce la necesidad de prevención, educación y protección frente a conductas problemáticas de juego (Superintendencia de Casinos de Juego, 2024). Sin embargo, el crecimiento de las apuestas online tensiona los marcos regulatorios tradicionales porque la ludopatía no ocurre necesariamente en una sala de casino visible, con horarios delimitados y barreras físicas de entrada. Ocurre en el celular, a cualquier hora, durante un partido, en redes sociales, con publicidad personalizada y con métodos de pago inmediatos.
La Organización Mundial de la Salud ha advertido que los juegos de azar pueden generar daños relevantes en salud mental, finanzas personales, relaciones familiares y funcionamiento social (Organización Mundial de la Salud, 2024). En esa misma línea, estudios internacionales han estimado que entre el 0,1% y el 5% de la población puede presentar señales de juego problemático, mientras que entre el 0,1% y el 2,2% cumpliría criterios compatibles con juego patológico, dependiendo del país, metodología e instrumento utilizado (Villatoro-Velázquez et al., 2018). Si se contrastan esas prevalencias con los resultados de esta encuesta, aparece una diferencia importante: la encuesta no mide ludopatía, pero sí muestra una exposición potencial mucho más alta que la prevalencia esperada de trastorno. No toda persona que apuesta desarrolla un problema, pero toda persona con juego problemático comenzó, en algún momento, apostando de manera aparentemente recreativa. Esta encuesta muestra condiciones culturales y psicológicas favorables para que algunas personas vulnerables transiten desde el juego recreativo hacia el juego de riesgo. Entre esas condiciones destacan la alta intención de apostar, la normalización social de la conducta, los montos elevados proyectados, la baja percepción de afectación económica y la tolerancia creciente a pérdidas importantes.
Otro elemento relevante es el rol del Mundial como evento de intensificación. Los megaeventos deportivos concentran atención emocional, identidad nacional, conversaciones sociales y exposición mediática. En ese contexto, apostar puede percibirse como una extensión natural de ver fútbol: una forma de “meterle emoción”, “participar más” o “demostrar conocimiento”. El problema es que esa integración entre pasión deportiva y apuesta económica puede dificultar la autorregulación, y cuando la apuesta se fusiona con la emoción del partido, la decisión financiera deja de ser fría y pasa a estar cargada de excitación, pertenencia y expectativa. Desde la psicología clínica, este fenómeno puede leerse como una combinación de refuerzo variable, sesgos cognitivos y disponibilidad permanente. El refuerzo variable es uno de los mecanismos más potentes para mantener conductas adictivas: la persona no gana siempre, pero gana ocasionalmente, y esa incertidumbre sostiene la conducta. En las apuestas deportivas, una ganancia aislada puede reforzar la idea de habilidad personal, aunque el resultado haya dependido en gran parte del azar. Luego, cuando aparece la pérdida, puede activarse la conducta de persecución: apostar nuevamente para recuperar lo perdido. Ese ciclo es uno de los núcleos del juego problemático.
La encuesta también permite reflexionar sobre el lenguaje del riesgo. Muchas personas no perciben como riesgoso gastar o perder dinero si ese monto ya fue mentalmente separado como “plata para apostar”. Este mecanismo se conoce como contabilidad mental: la persona crea categorías subjetivas de dinero y trata cada una como si tuviera reglas distintas. Así, perder $100.000 en apuestas puede sentirse menos grave que perder $100.000 destinados a supermercado, arriendo o estudios, aunque objetivamente sea el mismo dinero. Este fenómeno ayuda a entender por qué un 79,73% de los encuestados declara que se sentiría poco o nada afectado si perdiera todo el dinero destinado a apostar.
Ahora bien, el dato más delicado no es solo cuánto están dispuestos a apostar, sino la brecha entre monto apostado y pérdida tolerada. Por ejemplo, entre quienes estiman apostar más de $1.001.000, dos tercios declaran que podrían perder más de $250.000 sin afectar su presupuesto habitual. Esto puede interpretarse como capacidad económica real, pero también como minimización del daño. Sin información sobre ingresos, deudas, frecuencia de apuestas previas o historial de juego, no es posible determinar cuál de las dos hipótesis pesa más. No obstante, desde una lógica preventiva, ambas requieren atención: quienes tienen alta capacidad económica pueden sostener pérdidas durante más tiempo antes de reconocer el problema, y quienes minimizan el daño pueden exponerse a escalamiento sin advertir señales tempranas.
En síntesis, los resultados de esta encuesta muestran un fenómeno de alta relevancia psicosocial: las apuestas deportivas aparecen fuertemente normalizadas en una muestra adulta chilena, especialmente entre personas de 26 a 45 años. El 68,29% declara intención directa de apostar durante el Mundial 2026 y otro 21,95% no lo descarta. Además, una proporción importante proyecta montos elevados: 33,78% entre $251.000 y $500.000, 14,86% entre $501.000 y $1.000.000 y 12,16% sobre $1.001.000. Al mismo tiempo, casi ocho de cada diez participantes creen que perder todo ese dinero los afectaría poco o nada económicamente. La principal conclusión psicológica es evidente: la muestra no necesariamente manifiesta ludopatía, pero sí una baja percepción de riesgo frente a una conducta potencialmente adictiva. Esa es la zona crítica. El juego problemático no aparece solamente en quienes pierden el control de manera visible; muchas veces se incuban antes, en escenarios donde apostar se percibe como normal, entretenido, manejable y económicamente inocuo.
El Mundial 2026 será una prueba importante para Chile en materia de prevención. Si las apuestas deportivas siguen siendo tratadas solo como entretenimiento, se perderá la oportunidad de anticipar daños. Si, en cambio, se comprende que combinan dinero, emoción, azar, inmediatez digital y sesgos cognitivos, entonces se podrá construir una respuesta más inteligente: educación financiera, alfabetización en riesgos del juego, límites de gasto, regulación publicitaria, detección temprana y conversación pública sin moralismo, pero con evidencia. Porque el problema no es que una persona apueste una vez. El problema es cuando una sociedad completa empieza a mirar la apuesta como parte natural del deporte, mientras subestima silenciosamente sus costos. Ahí el riesgo deja de ser individual y se vuelve cultural.
Por Rodrigo Gajardo
Director de Servicios Clínicos y Corporativos, Pausa Responsable SpA
Referencias
American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.). American Psychiatric Publishing.
Interferencia. (2025). Experto sobre adicción a las apuestas online: “Se produce más rápido porque es inmediata”.
Organización Mundial de la Salud. (2024). Juegos de azar y apuestas.
Superintendencia de Casinos de Juego. (2024). Juego responsable.
Superintendencia de Casinos de Juego & Instituto Nacional de la Juventud. (2024). Sondeo Juventudes y Juegos.
Universidad de Chile. (2024). Detrás del juego: cómo las apuestas en línea impactan en los jugadores.
Villatoro-Velázquez, J. A., Reséndiz-Escobar, E., Bustos-Gamiño, M. N., Mujica-Salazar, A., Medina-Mora, M. E., Cañas-Martínez, V., Soto-Hernández, I., & Fleiz-Bautista, C. (2018). Magnitud y extensión del juego patológico en la población mexicana. Salud Mental, 41(4), 157–167.
Yield Sec. (2025). Evaluación del mercado de apuestas en línea en Chile: 2024.